EL MAESTRO DEL AGUA — Russell Crowe

 

24 de abril de 2015

Joshua Connor es un granjero australiano, zahorí y padre de tres hijos desaparecidos en la batalla de Galípoli, en 1915. Cuatro años después, su mujer Eliza, trastornada desde entonces, termina suicidándose un día y él, abrumado por el dolor, la pena y la culpa, le promete en su tumba que irá a buscar a sus hijos para traérselos. Sin nada más que perder, va a Turquía, hasta Estambul. Allí, las autoridades aliadas que ocupan la ciudad, enfrascadas en el reparto de territorios tras la guerra y la caída del imperio otomano, se sorprenden y molestan antes de indicarle que se olvide del asunto y vuelva a casa. Solo su tozudez, perseverancia y el don de la percepción no solo física, sino también espiritual gracias al amor por sus hijos serán la fuerza, y en última instancia, también la colaboración y ayuda de los antiguos enemigos, que le permitirán encontrarlos.

En medio, la hospitalidad y belleza que encuentra en Estambul también tienen la forma de Ayshe —espectacular Olga Kurylenko—, una joven viuda que regenta el hotel donde se hospeda tras llegar persiguiendo al hijo de esta que le ha robado el equipaje solo para llevarlo allí.

De esto va El maestro del agua. E implícitos van los temas como el perdón a los demás y a uno mismo, la fuerza de voluntad, la confianza, y el absurdo y sinrazón de la guerra, pero también la inocencia y el descubrimiento verdadero de que esos conceptos y sentimientos son los mismos para todos, sin importar colores, ideas ni dioses.

En fin, que un día después de verla, con el colocón ya medio sofocado y voluntad de ser objetiva dentro de lo poco que puedo serlo cuando veo al señor Crowe en una pantalla, analizo mi primera reacción. Después, esperaré a un segundo visionado más tranquilo que prometo darme pronto.

De momento, lo que me sale y lo que le sale a Russell en su estreno como director para mostrar lo antedicho es un encuadre general enmarcado en una luz, ambientación y detalles llenos de belleza, plasticidad e impresión exquisitas, incluso en las escenas más crudas de guerra y muerte. Pero creo que, además, es tan generoso como para, aun reservándose casi todos los planos y dando otra interpretación marca de la casa, mostrarse —en mi humilde opinión— ligeramente más contenido.

Mi percepción, también general, es que su concentración dirigiendo debió de ser tan especial, concienzuda y perfeccionista que quiere darlo todo sacrificando un poco de su parte como actor. Entre otras cosas quizás también porque ni ya tiene que demostrar nada de nada en cuanto a interpretaciones extraordinarias ni le importa tanto. Así que echa todo el resto en la dirección y consigue que su eclipse habitual sobre cualquiera que se le ponga enfrente se difumine a favor de este. O sea, que también los ha sabido dirigir para que, como él aprendió perfectamente, no te roben el plano y —si puedes, eso sí— se lo robes tú al otro, o al supuestamente estrellón de la película.

Por ello se vuelve a convertir en su personaje y toma su discreta actitud, casi inocente, y esa corrección y educación de la gente sencilla que se arrebata ante el esplendor de la belleza desconocida y apabullante de una ciudad también encarnada en una mujer. Y como Joshua, se desenvuelve concentrando la atención en él pero queriendo cederla o distribuirla a todos por igual alrededor. Esa mujer, su hijo, que sí es inocencia pura, las serias y despreciativas autoridades, los mandos compatriotas comprensivos pero recelosos y marcados por las circunstancias que los condicionan y manejan, los antiguos enemigos que se convierten en más amigos que esos compatriotas, la esposa perturbada, el sacerdote sin compasión que no quiere darle sepultura por ser una suicida, y, en especial, los hijos recreados en el pasado, en la lucha y en su trágica muerte. A ellos es a los que da quizás más carga emocional, posiblemente la más intensa, en un par de las escenas más terribles, duras y conmovedoras que confieso haber visto en un cine en mucho tiempo.

Para ello se necesita un reparto igual de competente, apenas conocido para el gran público, sobre todo el turco, pero que por eso te llegan más. Quiero destacar a los dos magníficos actores que interpretan a los oficiales turcos que están cooperando con los australianos para la identificación de las tumbas de los caídos de ambos bandos en Galípoli y que resultan hacerse buenos amigos de Joshua.

Y todo en casi dos horas, a un ritmo sincopado, con un toque de sabor muy clásico, de juego entre la luz de las velas de una cena y las tinieblas de las trincheras en pleno combate, entre la tozuda esperanza y el riesgo de más abismos, la magia de unas varillas encontrando agua en mitad del áspero desierto australiano y de las manos de un padre tocando un suelo encharcado de sangre y fantasmas para dar, por fin, con los huesos de esos hijos.

Son muchas cosas, muchas entradas y salidas, donde no importa lo previsible. Tal vez por eso, cuando llega el final, me quedo con la sensación de que falta más, de que debería haber seguido o no haber contado tanto, de que se le ha quedado pequeña.

Pero has aprendido bien, Russell, porque has sido un buen alumno y el talento ya lo tenías más que de sobra que con la leche que te dio esa santa de la señora Jocelyn y los huevos del señor Alex. Y porque los maestros no han podido ser mejores también, que esos planos a lo Peter Weir están calcados y del manejo de la luz marca sir Ridley para qué contar.

¿Que vas a querer mejorar? Seguro. ¿Que vas querer seguir dirigiendo quizás más que actuar? Posible también. ¿Que te vamos a querer seguir viendo ese careto en un pantallón? Por supuesto.

O sea, que como quieras, que nosotros también seguimos aquí.

Mariola